¿Tendencias = mala palabra?

Tal como lo predijo Susana Saulquin en La muerte de la moda, el día después, la cultura de masas está llegando a su fin. Al igual que como lo anticipó, todo comenzó con el desembarque de las marcas de moda rápida a los países del tercer mundo, luego que sus ventas comenzaran a caer en mercados como el Europeo. Según la socióloga argentina, ese sería el comienzo del fin…

Actualmente, las marcas trabajan bajo la rigurosa lupa del consumidor, que es cada día más exigente y menos piadoso en el uso de las redes sociales. El consumo consciente es la gran temática que marca el comienzo de un nuevo mundo, que se revela ante la velocidad de los nuevos tiempos y la obsolescencia programada. Hasta hace un año, hablar de tendencias seguía siendo un trending topic, si bien hoy parecería que es mala palabra. Al fin y al cabo, comprar una prenda para desecharla en seis meses no es sostenible para el planeta, y es una pérdida absoluta de tiempo y dinero. Pero ¿es realmente mala palabra hablar de tendencias? ¿Verdaderamente creemos que podemos erradicar nuestra necesidad intrínseca de cambio?

La moda no es más ni menos que un fiel reflejo de nuestro estado actual como humanidad, y el cambio es parte de nuestro ADN. Si no hay cambio, no se me ocurriría cuál podría ser nuestra razón de ser como personas. Al final, toda meta o razón de ser, implica una transformación. Mientras siga existiendo el cambio, seguirán presentes las tendencias que acompasen al hombre en su evolución, con texturas que lo acaricien cuando más lo necesite, colores que reflejen su estado interno y siluetas que apoyen su discurso. Entonces ¿qué es lo que se tornó obsoleto?

Lo que pasó de moda es comprar sin pensar. Elegir una prenda sin antes preguntarnos si nos identifica, cuánto va a durar y quién estuvo detrás de cada costura. Pasó de moda querer vernos igual al otro para pertenecer a una comunidad externa, en lugar de vestirnos para pertenecernos a nosotros mismos y aprender que también podemos ser amados, siendo quienes verdaderamente somos. Pasó de moda tener que comprar una remera blanca básica tres veces al año porque no resiste los lavados. Pasó de moda tener que botar ropa que compramos hace menos de un año. Pasó de moda hablar de tendencias de forma banal.

Podemos anunciar los nuevos materiales que están confeccionando una industria más sostenible, identificar los tonos que nos acompañan actualmente tras la pandemia o las siluetas que enfatizan nuestro discurso como comunidad. Podemos comprar una prenda que nos haga sentir una versión renovada de nosotros mismos, desear lucir el color del momento y eso también está bien.

Personalmente no veo a las tendencias como sinónimo de mala palabra, pero sí vengo evitando las que considero pasajeras hace ya un tiempo. Mientras escribo esta nota, estoy sentada en mi casa tomando un té con una falda plisada metalizada. Muy 2018, podríamos pensar. Pero en aquel momento, esta pieza me cautivó y sabía que no sería un gusto pasajero. Por eso, compré una que consideré de buena calidad. Algo que en aquel momento me hizo sentir nueva y actual, hoy forma parte de la identidad de mi guardarropas. En lo personal, creo que la clave está en buscar prendas auténticas de calidad que reflejen quienes somos y sobre todo, quienes queremos ser. Así sabremos si esa tendencia que podría ser un romance pasajero, es en verdad un amor verdadero.

The Strawberry Blonde