La importancia de dar el cien

Hace dos años estoy con ganas de contar esta anécdota pero siempre me detiene el miedo a que crean soy una freak. Sin embargo sí lo soy, y son mis rasgos más maniáticos y exagerados los que no cambiaría por nada. Hoy les quiero contar la historia sobre cómo me recibí con un 100 y la técnica de programación neuro lingüística que me ayudó a lograrlo. “¡Solo para decir que te recibiste con 100!”, estarán pensando. Pero les juro, vale la pena.

A lo largo de mi apasionante carrera de diseño de modas, lo di todo, con todo lo que eso incluye. Largas noches sin dormir, desmedido estrés y ansiedad, comidas desordenadas por falta de tiempo y varias veces enterré el auto en la zanja a la salida de mi casa por falta de sueño. Al comienzo de cada semestre mis padres y amigas me hacían prometer que me tomaría las cosas con más calma, aunque todos sabíamos que no lo haría.

Lo que muchos no podían ver, es que detrás de mis profundas ojeras se escondía infinito disfrute por lo que estaba haciendo.

La última materia de la carrera propone hacer un portfolio con todos los trabajos realizados a lo largo de la licenciatura y mi objetivo era recibirme con nada menos que un 100. El problema con este desafío es que no depende totalmente de uno. Las calificaciones no son un exacto reflejo de nuestro trabajo, sino la apreciación de alguien más. Sin embargo, proponerse un 100 no se trata realmente de obtenerlo, sino de irnos a dormir con la certeza de que lo dimos todo y de demostrarnos a nosotros mismos lo que somos capaces de lograr.

En mi caso, decidí paginar mis cuatro años de carrera en el formato de una revista de moda. Estuve innúmeras horas para lograr que todo estuviese perfecto, pero se me escapó un pequeño detalle… Una vez impreso el trabajo con técnicas especiales de impresión y las hojas cosidas, me di cuenta que la numeración de las páginas estaba mal. Faltaba una hoja entre la portada y la primer página que cumpliera con el rol de “Página 1 y 2”. Visité a todos los docentes de diseño gráfico para ver si se daban cuenta del error, pero nadie lo notaba. Sin embargo, corregirlo para mí significaba cumplir con la promesa de que, ante mis propios ojos, el trabajo debía ser un 100. Después de largas horas de sufrimiento, una docente me ayudó a llegar a una solución creativa para agregar esa página que me faltaba, de forma que enriqueciera visualmente mi trabajo y no se percibiera como algo agregado a la fuerza.

Finalmente entregué el trabajo. Ante mis ojos, todo estaba perfecto. No obstante, la calificación dependía de una consigna más: la defensa ante los docentes. La manera en la que uno presentaba el trabajo también formaba parte de la nota final. Todo el esfuerzo de semanas podía verse afectado por unas pocas gotas de estrés.

El día de la defensa tenía cita a las 15 h. Llegué a las 10 am. Mis amigas que defendían a esa hora no entendían qué hacía tan temprano. “Vine un rato antes por las dudas”, les comenté. Hasta el día de hoy se siguen riendo de aquel día.

Había practicado mis palabras reiteradas veces y los nervios cada vez crecían más. ¡Me altero con solo recordar lo nerviosa que estaba! Entonces, me tranquilicé, y recordé algo que nunca creí me serviría. En un curso en paralelo que realicé de programación neuro lingüística, nos enseñaron una técnica para pedir algo que no tenemos. Por ejemplo, un préstamo de dinero. Para pedirle a un prestamista USD 1000, la clave es conseguir que un familiar o un amigo nos preste USD 1000 solo para tenerlos en el bolsillo a la hora llamar a quien nos vaya a prestar la plata. De esta forma, nuestro subconsciente creerá que estamos pidiendo algo que en verdad tenemos, y nuestra manera de desenvolvernos tendrá la confianza que se necesita para salir exitosos del pedido.

Habiendo recordado esto a una hora de la defensa, tomé un papel y escribí: 100. Me felicité por haberlo dado todo y me dije a mi misma “el 100 ya lo tengo”. Al final, la calificación que nos ponemos a nosotros mismos desde la honestidad, es la que realmente importa. Como decía el sabio filósofo Epicteto: “Hay cosas que dependen de nosotros y cosas que no”. Mi nota, ya no dependía absolutamente de mí. Sin embargo, guardé el papel con el 100 en mi bolsillo, como quien toma USD 1000 prestados antes de hablar con un prestamista. En mi subconsciente el 100 ya lo tenía y eso me daba la calma y la seguridad que necesitaba.

Afortunadamente, para los profesores el trabajo ameritó un 100. En mi cena de recibimiento mis amigas se reían diciendo que, si la nota hubiese sido un 99, la celebración hubiese sido algo más similar a un funeral que a un recibimiento.

Con este no tan humilde artículo, los invito a dar el 100 % en todo lo que decidan hacer en sus vidas. A sumergirse en su pasión, a demostrarse y a sorprenderse con lo que son capaces de hacer y a que detrás de sus ojeras, siempre haya inmensa gratificación. Esto no solo aplica para el trabajo o el estudio:

Amen al 100 %, disfruten al 100 % y vivan al 100 %. Un consejo: la única manera de lograrlo es parándose en el presente. Y, cuando su 100 ya no dependa de ustedes, tómenlo prestado de algún lado y guárdenselo en el bolsillo.

The Strawberry Blonde